Siguiendo el tema del post anterior, lo primero he de decir que creo que es más correcto utilizar la palabra «ergonomía», que según nuestro Diccionario de la RAE es el «Estudio de la adaptación de las máquinas, muebles y utensilios a la persona que los emplea habitualmente, para lograr una mayor comodidad y eficacia.»
Como vemos si sustituimos muebles, máquinas y utensilios por webs, apps, programas, etc, obtendremos el mismo resultado que «Usabilidad», anglicismo importado que se ha puesto muy de moda y que no es necesariamente más preciso que ergonomía.

Reflexionando sobre cómo comencé yo en el diseño web, allá por el año 1995, recuerdo que no buscábamos de ninguna manera la ergonomía en las webs, ni que los elementos (menú, logo, etc) se encontraran donde hoy pensamos que deben estar, ni que la información se organizara de forma relevante y con criterios mercantile.
De hecho, muchas veces precisamente buscábamos lo contrario para impactar al usuario. Además, entonces nos importaba aun rábano la tasa de rebote, el ratio de cliks, y todas estas métricas que hoy nos tienen obsesionados.

La conexión era por módem a una velocidad desesperante…¡y a precio de llamada local!, la maquetación se hacía en HTML plano con tablas, y el tamaño medio de las pantallas era 640×468.
Además los pocos usuarios que accedíamos a internet buscábamos más el puro espectáculo que la información. Por ello, las webs eran o un llamativo escaparate de colores y gifs animados o un puro soporte de creaciones que considerábamos audaces.

Nos sorprendía y gustaba que el menú fuera casi imposible de encontrar, o que cuando conseguías cargar otra pantalla sólo fuera una imagen llamativa, o una pantalla en blanco en la que de repente aparecía una imagen (un gif animado con un primer frame en blanco que duraba mucho). Chorradas sí, pero chorradas muy creativas.
Recuerdo que se me ocurrió la idea de imaginar una web como un enorme plano por el que te desplazabas sin tener que cargar otro archivo. Raro, no? Pues dicho y hecho, hice una web con una tabla gigantesca que generaba un scroll horizontal y vertical casi infinito y en la que me las ingenié para que en vez de páginas hubiera celdas con contenido a las que accedías mediante enlaces ancla. Funcionaba regulín pero ya anunciaba las webs one page, creo.

Como dato curioso, os diré que en Febrero de 1996, había en España 487 personas que tenían acceso a internet y sólo 242 lo habían usado en el último mes. Estos datos los proporcionaba el Estudio General de Medios y la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación…en fin, igual que ahora.

Fue ya a como en el año 2000 cuando empezó a utilizarse los css para maquetar el contenido, y cuando los diseñadores empezamos a darle más importancia a la estructura de la información dentro de la página web, para que el usuario encontrara más fácilmente lo que era realmente interesante.
También se empezaban a integrar bases de datos, aunque todavía muy lejos de lo que hoy es un CMS como WordPress o Joomla que cuentan con potentes constructores como DIVI o Elementor y que nos facilitan enormemente la tarea de maquetación, adaptabilidad a dispositivos, etc.

Tímidamente aún algunos pequeños negocios visionarios comenzaron a publicar webs de sus negocios. En muy poco tiempo explotó el boom de los directorios como Páginas Amarillas, QdQ, Milanuncios, etc. en el que organizar y estructurar todo por taxonomías y presentarlo de manera coherente y ordenada, ayudaba a vender más.
Era el principio consciente de la importancia de la ergonomía de una web, en el sentido de que un contenido ordenado y los elementos situados de manera conocida ayudaban a reducir la curva de aprendizaje del usuario y facilitaban la navegación por la página. Es decir, ergonomía primitiva.

Faltarían todavía unos años hasta que aparecieran las primeras apps con el Iphone 1, en 2007. Y es ahí cuando hay un punto de inflexión. Las apps tenían que ser rápidas, útiles y fáciles de usar. Es decir, que tenían que cumplir las normas básicas de la ergonomía o la «usability» entendida como la cualidad que tiene un producto, sistema o servicio de ser fácil de usar, de manera que los usuarios puedan alcanzar sus objetivos con eficacia, eficiencia y satisfacción. Un producto usable es intuitivo y permite a los usuarios realizar tareas de forma rápida, con pocos errores y sin frustración, lo que finalmente genera una experiencia positiva.

Esta cualidad se convirtió en una máxima del diseño aplicado a las webs, a las apps, a las herramientas informáticas y a todo aquello que se nos ocurra.
Con los años el concepto de ergonomía aplicado a este campo se ha ido refinando, añadiendo cada vez más y más exigencias, tales como rendimiento, velocidad de carga, maximización de la navegación, etc que apoyadas en un desarrollo de las infraestructuras y de la tecnología sin precedentes,nos obliga a los diseñadores web a tener en cuenta muchos más parámetros que en aquellos felices años.